Tiempos
de dejá vu políticos… y de escapes por la estética.
(Memoria
de Peces y Meditaciones de un abuelo cebolleta llamado Sísifo).
Hubo un
tiempo en el cual la infancia masculina se definía por las pandillas de tu
placeta o por ser un raro. Aquellos eran tiempos de tirachinas, trompos y
descalabros varios, las alianzas se formaban por cuestas y por barrios. (Recomiendo
“Una derrota de los Greñuos” de Ángel Ganivet para ilustrar estas peripecias).
Eran tiempos
de ver la tele en blanco y negro y las tribus conocidas, eran las de emplumados indios americanos que cada
sábado llegaban a nuestros hogares o a los del vecino, (porque había casas sin
televisor).
Con la edad
aquellas horas y días se hacen poemas épicos en yámbico, cicatrices y suspiros de un ayer que no
volverá. Después te enfrascas en nuevas pandillas de equipos de fútbol, en partidos, etc. y crees que la infancia
será eterna.
Por doquier
hay un(x) rarx que se separa de la tribu y sigue su discurrir junto al río
alejado de las chozas, quien lo señala como uno de los suyos, pero al cual es mejor mantener separado incluso en
las migraciones. Esx se siente como en los márgenes de lo unificado.
Por doquier, Toro Sentado piensa que el que fuera su
Gran Guerrerx ya no es el más capacitado para esa función y lo destituye. Éstx, no contentx con su caída, coge su tipi y se marcha con su clan a las orillas del
río y dice que las críticas del(a) rarx eran acertadas. Siempre asegurándose que
aquel (la) esté para dar lustre al nuevo clan, mas a distancia suficiente. Y
así crecen los clanes, embadurnados con un adjetivo distintivo y manteniendo todas las viejas costumbres y los viejos hábitos. Los clanes migran en paralelo,
con nuevxs jefxs, y el (a) rarx en sus periferias. Un eterno dejá vu.
Lxs rarxs a
veces tienen imaginación y disfrutan viendo como todo ha cambiado para seguir
igual, porque ese eterno retorno nihilista le permite al menos escapar a los
lares de la estética. Ve como los grandes guerreros se creen un José Aurelio
Buendía que crea Macondo de cero, pero a diferencia de él, sin salir de su clan o su tribu,
con quien mantiene el cordón umbilical que le dota de status. La Ardía de estos nuevos asesinos, (asesinados) está en el pasado, en reproducir lo consabido. Allí la enfermedad del sueño, del olvido, está
preestablecida, pues se abandona el viejo lar con los nombres de toda la vida colgados de
cada cuello y de cada objeto.
En ese
nuevo clan se espera a Godot inútilmente en un juego de absurdos donde se
pretenden crear puentes con los ayeres
repudiados por haber perdido las señas de identidad de su ser y por ser
los mayores colaboracionistas, o por volver a ser los Grandes Guerreros de la vieja tribu, la recién abandonada.
De Ocnos en
Cernuda al Sísifó de de Camus, puede viajar el(a) marginadx con un poco de
imaginación esperando que algún día haya un cruce y sean capaces de encontrar
una senda en la que reine el equilibrio del caos, y se pueda seguir un mismo sentido. La
utopía en su boca es un sabor antiguo, a esa ambrosía que nunca se ha
paladeado, pero que se sueña y que se sabe que es inefable para las bocas dialécticas
y materialistas.
Llama a los
ilusionistas N. Chomsky, quizás nos sombre tantos Moises y tantos sacedotes de
Nietzsche, y nos faltan más textos legibles sobre los que acordar el sentido del
camino. Mientras de dejá en dejá vu refugiémonos en la estética (o en la seudociencia), para ser seres
olímpicos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario