Las
razones para un federalismo radical, autogestionario.
De vez en cuando la vida te ofrece
un buen aperitivo en tinta negra para acompañar el desayuno en la cafetería de
la esquina. Hoy me ha brindado uno de esos apetitosos manjares. El texto de
Ramón Máiz “Las razones del federalismo”, en la Cuarta de El País cumple las
condiciones en los ingredientes, en la presentación y en la capacidad de
sugerir sabores y aromas, de imaginar. De ser algo más que un sommelier
aficionado, alguien que define un caldo, un vino, con colores, sabores o aromas
de frutos que nunca ha degustado, por lo cual jamás podrá recordarlos, a eso me
saben muchxs tertulianxs de oficio, que, incluso, creo que son una clase pues
tienen conciencia de tal.
En primer lugar el texto de Máiz es
para enmarcar y entregar a todos lxs estudiantes y muchxs profesorxs de
ciencias sociales para que entiendan ¿qué es federalismo? [lo digo por
experiencia en mis propias neuronas.]
Comienzo por el título, la propuesta
de Máiz parte de un elemento fundamental: «la razón», la fuente básica de la Modernidad,
una razón en plural: «razones», lo cual puede parecer como una serie de
propuestas, mas no, sitúa el texto el campo de lo ciudadano, frente a las
identidades, nos ubica en el marco de la interacción cívica o democrática, que
supera los márgenes burgueses. Frente al nacionalismo, “al Estado – Nación”, se
localiza a la ciudadana y al ciudadano.
El estado de las autonomías fue
planteado como una respuesta al problema de los nacionalismos tradicionales catalán
y vasco, de corte burgués o pequeño – burgués contrarios al desarrollo del
obreismo, y al gallego y al andaluz que mostraban peculiaridades propias.
Era, también, una ruptura con un
modelo centralista fundado en tres pilares:
“familia, municipio y sindicato”. Las familias son un centro económico social
fundamental de nuevo en estos tiempos de crisis, pero no parece un sujeto
político idóneo. Los sindicatos tienen su lugar constitucional dentro de un
modelo pluralista planificador. Y queda el municipio el gran perdedor.
Frente al estado franquista muchos
soñaban con un estado descrentralizado de autonomía como fórmula para alcanzar
vías hacia «la autogestión». [De acuerdo que bajo este paraguas se situaron
carlistas, falangistas y ahora sectas que se denominan socialistas, pero la
«autogestión» es algo menos manipulable]. La «autogestión» ha evolucionado por
muchos vericuetos, desde el socialismo radical que la concebimos como una
fórmula no comunitarista de articulación económica, política, social y
cultural, hasta posiciones neo – comunitaristas que enlazan con el pensamiento
ecologista y populista.
Pero vuelvo a Máiz antes de
desarrollar la propuesta (la puesta en cuestión) de «la autogestión». El
fracaso del Estado autonómico se manifiesta en dos aspectos básicos: la
duplicación de funciones y los nuevos centralismos en competencia y la
aparición de innovadores espacios en los que se puede camuflar la corrupción,
dentro de un modelo pluralista del poder – sociedad. Creo que estos dos
aspectos no requieren mucha descripción.
La descentralización ha generado
nuevas instancias para la competencia partidista, en el peor de los sentidos. Ha
eliminado las corrientes ideológicas dentro de los partidos, sustituyéndolas
por «las baronías». El poder autonómico y central están sirviendo para crear
redes clientelares de fieles, que como Villamil, quienes viven bajo el signo
del cesante. Y están afianzando la desaparición del poder Legislativo, pues el debate
parlamentario se traslada a las pugnas competenciales y al orden judicial. Las
comunidades autónomas contra el poder del Ejecutivo central o a su servicio.
¿Y el municipalismo? Esta
descentralización se posterga sine die. Los ayuntamientos se sienten cómodos en
las porfías de baronías y contrapoderes. Del mismo modo, cierran el paso al
desarrollo ciudadano, en forma vecinal, generando sus propio clientelismo en
las juntas de Distrito o en asociaciones de vecinxs bajo sus pretorianxs.
«Autogestión» en el contexto de la
razón moderna descentralizadora cambiaría el modelo iniciándolo en la ciudadana
o el ciudadano como actores en lo más básico, «desde lo particular a lo
general». Esto pone en cuestión la primera estancia de representación
institucional: el municipio. Necesitamos municipios que permitan la
participación activa de la ciudadanía, que sean financiados decentemente y
asuman en plenitud las competencias que ejercen para el bien de sus vecinas y
vecinos. Muchos ayuntamientos hacen lo que sus comunidades autónomas no
realizan, siendo sus responsabilidades estatutarias.
El municipalismo no puede crecer en
democracia fomentando la elección cesarista de alcaldes, bastantes barones
tenemos ya. Solamente fomentando el movimiento vecinal se generaría una cultura
cívica opuesta a la predicada por Almond y Verba.
Profundizar en el federalismo defendido
por Ramón Máiz debería gestarse desde su propuesta de ciudadanía y ésta tiene
su nicho ecológico natural en los municipios. A partir de él, “En su propia
etimología, el federalismo remite a la construcción política de la confianza (fides) mediante pacto entre iguales (foedus).” Para desde el conflicto como
norma, bajo un conjunto de principios comunes como la Declaración Universal de
Derechos Humanos, desarrollar el “federalismo (, quien) postula, como eje central
de su modelo, la igualdad y la
solidaridad interterritorial”.
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