Introducción.
Tengo la mala costumbre de resumir lo que
leo con más palabras que las que integran el propio texto objeto del extracto.
Del mismo modo, cuando me invitan a comentar algo parece que me voy por «los
Cerros de Úbeda», pero esto es una consecuencia de la asunción consciente de
alejarme de lo más cercano, de los datos, para tomar la asunción de una insaciable
querencia por las perspectivas teóricas. Creo que es lo que, por otro lado, se
espera de mí.
El texto que me proponen, un artículo en
inglés, idioma que mal leo, por lo cual me puede llevar a tergiversar lo que en
él se expone, espero y deseo todas las correcciones que encuentren oportunas,
sea por causa de mi mal entender del idioma o de mi percepción de la realidad,
me las hagan llegar, gracias.
La legitimidad
individualista y “La Gran Divergencia”.
La progresiva dualización económica y/o social
se constata en cada mirada de ‘un excluido’ de su clase, la clase media, en la
cola de un comedor social o de una entidad dedicada a la caridad. Son gentes
que nunca podrían pensarse ‘pobres’ de solemnidad. Esa mirada expresa
frustración, fracaso, vergüenza,etc.
¿Pero sobre qué bases se legitima este
sentimiento de vergüenza?, ¿ese dualismo? Su fundamentación está en el
Capitalismo Popular thatcharista: en un mundo lleno de oportunidades para alcanzar
la condición de clase media (clase media –alta), simplemente es cuestión de
inteligencia y tesón (la vieja ética calvinista, ¿recuerdan?), que se simboliza
en ‘la condición de propietario’ (burbuja inmobiliaria).
Esta visión de la realidad conduce a
fenómenos de irresponsabilidad social y a un universo de “triunfadores” y “derrotados”
individuales.
Todos podemos ser clase acomodada: “si
eres ahorrador, frugal, y no un cateto que se deje engañar por el timo del toco
mocho de Ruiz Maetos o Forum Filatélico, puedes buscar a un listo de las
finanzas. Dale tu dinero para que gane con él su sueldo y te de pingües
rendimientos”. Analicemos a los dos “listos”. Tú, el ahorrador, sólo pones tu
dinero en sus manos, sin tener que saber lo qué hacen con él. Después recogerás
ese capitalico sin que tengas qué saber si esos beneficios han engrandecido la
pobreza colectiva o están manchados de sangre. Tú de eso no te ocupas, no
sabes, no eres responsable.
El experto en finanzas, el otro listo, es
un jugador avezado, que mueve el dinero en un espacio lleno de oportunidades. Quién
ha propiciado esas oportunidades, el que redacta las reglas del juego (el
Estado), es el responsable de que se puedan aprovechar, aunque a ese vigilante
se le ate de pies y manos para que no introduzca distorsiones. Por lo tanto,
quien hace bien su trabajo, aunque consista en empobrecer lo colectivo, debe
ser recompensado adecuadamente.
En resumen, en este relato prima el
siguiente aserto: “Si no ganas más, es porque no eres lo suficientemente listo o
trabajador, o eres un derrochador”. Las diferencias salariales /renta son
producto de tus incapacidades, es decir, un problema individual y no colectivo.
¿Dónde estriba uno de los pormenores
básicos de esta visión? En las sociedades capitalistas populares se han fundado
en el ideal de la sacra clase - media, la cual compone la argamasa de la seguridad y
la concordia social. Si desaparece o se disuelve en el aire la sacra- clase
media, la sociedad se polariza, la sociedad de consumo de masas se disuelve en
una sociedad de muchedumbres.
Dos ejes fundamentales de ella son: el
miedo y el espectáculo. Ellos rigen grandes áreas de la percepción de la
dualidad entre “ganadores” y “perdedores”, no entre “ricos” y “pobres”, sino
entre “incluidos” y “excluidos”.
Símbolos de ese miedo son los búnkeres bien fortificados y en los
que se reúnen todas las condiciones básicas para sentirse seguros y disfrutar
de una ideal vida sana (vigorismo). Para los triunfadores y parte de los
perdedores, que se resisten a sentirse como tales, estas ‘propiedades’ no sólo
cubren sus necesidades de seguridad física, sino también de identidad virtual,
es decir, cumplen la aspiración ‘de ser propietarios’ (‘de ser clase medias’) y
de parecerlo mediante estas metonimias de ladrillo.
¿Cómo cubren sus necesidades de
notoriedad los derrotados? Ellos tienen su derecho a unos minutos de gloria. Su
derrota se puede camuflar, (se pueden integrar), gracias a la prensa rosa o
amarilla apareciendo en las pantallas brevemente amotinados para hacer justicia
contra los monstruos psíquicos o los corruptos de turno, vociferantes,
tumultuosos, son los defensores de la sociedad. Otros espacios son los que nos
propician ser seguidores destacados de héroes deportivos, sexuales o musicales.
Incluso, en los espacios alternativos, en
las redes sociales o You Tube, se priman las imágenes: “Una imagen vale más que
mil palabras”.
En resumen, la polaridad salarial, de
rentas o la polarización social en dos grupos está legitimada por valores
individualistas ¿Cuándo es un problema? Cuando no asegura la seguridad y el
conformismo, cuando estamos amenazados por robos con violencia o saqueos. Pero
no hay peligro para el sistema de una revolución, para ello sería necesario un “Príncipe
Moderno”, en el sentido de Gramsci, que dotase a la muchedumbre, a esas capas
heterogéneas y atomizadas, de conciencia, cualidad que las transformaría en un
movimiento de masas y, de ahí, en sujeto.
“Cuello Blanco” y “Cuello
Azul”: La lógica de la Acción Colectiva de Olson y los Sindicatos.
Los
núcleos de quienes integran los trabajadores de cuello blanco (las clases medias
y medio – altas) siempre han sentido desprecio o extrañeza por los obreros y
sus organizaciones. Aún engrosando los movimiento políticos, sociales y
culturales de centro – progresistas se han sentido distintos a los de mono
azul. Vease el caso señero de don Manuel Azaña,
quien reclamaba: una alianza de las clases medias y las obreras para gobernar
España en los años treinta. “Alianza” implica diferencia, intereses que pueden
acomodarse momentáneamente, pero que son divergentes.
Otra característica de esos núcleos de
cuello blanco es su tendencia a excluirse de las acciones colectivas, “Nadar y
guardar la ropa”, son consecuentes con su imaginario individualista. Como se corrobora,
en el artículo de referencia, la “Lógica
de la Acción Colectiva” de M. Olson, es
su faro: “Lo que consigan los sindicatos sin mi participación en sus
actividades, me beneficiará, si no consiguen nada, no saldré perjudicado.”
Recuerda el articulista que sus padres
eran viejos sindicalistas y que él en ningún caso se siente representado por
ellos. No he podido dejar de recordar la autobigrafía intelectual de R. Rorty,
el célebre filósofo, que fue criado en el seno de una familia de activistas
troskistas en EE. UU. y hoy representa la filosofía pragmatista más avanzada.
¿Pero cuál es otro de los posibles
pecados de los sindicatos? Fomentan la pereza y el derroche. Desde la era
keynesiana los sindicatos forman parte de las instituciones estatales. Un Estado
identificado con la corrupción y el despilfarro. Los sindicatos están llenos de
burócratas, que viven a costa de todos, y lo que es peor: aseguran unos saliros
fijos y estables a través de la negociación colectiva, que evita la cultura del
esfuerzo y el ahorro. “Voy a ganar lo mismo, me echo a dormir” ¿Recuerdan la encarnizada
guerra de Sra. Thatcher y de S. Reagan en contra de los sindicatos?
“Volviendo”, ¿Es necesario un libro sobre
la “Las Gran Divergencia”? Sí,es necesario que en tiempos de incertidumbre, de
disolución de la argamasa social se tomen medidas contra el posible disgusto de
los excluidos, quienes pueden pedir una redistribución de las rentas
desproporcionada, antes de que eso suceda, será mejor calmarlos. Pero por
cuestiones anti – sistémicas, de ruptura con la sociedad de consumo en masa, no
hay que preocuparse, no serán de entidad los ataques que puedan provenir desde
el ecologismo, el feminismo o el rojerío europeo. Así se muestra en el artículo,
desde la caída del famoso Muro de Berlín y el impulso del Capitalismo Popular,
este sistema económico, social, político y cultural viaja sin frenos, (como
señalaba una viñeta de Peridis en El País año ha), constatable en cifras.
Perdón,
por este maldito rollo.