A lomos de un motocarro: Agricultura ecológica y ciudad sostenible.
Señor Director de Ideal:
Granada, por ser una ciudad poli- céntrica, es una urbe paradójica: das dos pasos y escapas de las torres y los bloques y te bañas en el oleaje de los edificios de cuatro, tres o dos plantas, viviendas de tamaño humano. Pero este tamaño humano se difumina, sin embargo, cuando en sus alrededores no bulle la vida propia de los barrios con sus infantes y sus ancianos, por el contrario al caer la noche las calles desiertas, silenciosas recuerdan a un paisaje apocalíptico.
Pero con la crisis algo está cambiando, lo cual nos permite la esperanza de recuperar esas dimensiones humanas, la ciudad paradójica se está sembrando de pequeños establecimientos, que quizás pasen desapercibidos para nosotros frente a las insólitas en su día tiendas de «20 duros», posteriormente absorbidas por los exóticos bazares « de los chinos».
¿No las ven?, son primorosas boutiques de frutas y verduras. Yo debo confesarlo no me había extrañado hasta el día en que el reparto trajo la compra en un vehículo que asociaba al viejo ensanche granadino. En un barrio histórico realizan las entregas en un triciclo motorizado, un castizo mocarro. Ayer el método de venta en de estos productos en los empedrados era con burricos, serones, pregón, romana y cestos de tela, un conjunto radicalmente ecológico, aunque arcaico.
Todo cambia, esta vuelta a las pequeñas verdulerías y fruterías se debe a la necesidad de emprender para salir de lo que llaman «crisis» y a nuestros variaciones en las pautas de consumo: cada día disponemos de más tiempo para hacer la compra en las proximidades (a lo que ayuda mucho el desempleo), vivimos menos personas en los domicilios, compramos por piezas, consumismos mayor diversidad de productos, etc.
Al mismo tiempo, pensamos en «alimentos saludables», fuente de innovación y desarrollo. Sensibilidad que comienza a calar entre algunas agricultoras y algunos agricultores de la provincia. Quienes manifiestan la necesidad de comercializar sus productos de forma directa para acercarse o recuperar a los demandantes capitalinos. Indudablemente tienen una ventaja sustancial: los intermediarios y las grandes superficies no pueden hacer de las suyas. Ahora, con la excepción de comercios muy escasos, debemos coger el coche para consumir carnes, verduras o frutas en economatos que se sitúan en las afueras, con lo que el valor ecológico, se difumina. Del mismo modo, esta idea de comercio directo le chirría a un urbanita descendiente de artesanos y detallistas. ¿Dónde quedan las tiendecicas de barrio, fuentes de vida y sostenibilidad de nuestras calles y plazas?
Párense un segundo ahora que llega la canícula, observen los alrededores de los comercios de la comunidad asiática, a sus retoños conquistando las aceras de nuevo para la ciudadanía, ¿No ven a las niñas y a los niños correteando y jugando sin temor y con la ingenuidad de la infancia?,... ¿No las ven re – humanizadas cuando las abuelas y los abuelos vuelven a ser doña… o don … en la boca de estos comerciantes de ojos rasgados que les conocen por su nombre propio cuando ocupan un banquico en la puerta de sus tiendas? La revolución sostenible debe «urbanizarse». Las pequeñas verdulerías y fruterías granadinas deberían tener un espacio en sus anaqueles para los productos de la Vega, del Valle, de la Costa, de la Sierra,… de Graná y con el adjetivo «ecológico». Sé que son malos tiempos, pero apelo al ingenio y al dialogo. La sostenibilidad va más allá de pesticidas y abonos, necesitamos « barrios sostenibles y vivos». Las ciudades nacieron como centro de intercambio, «el día de mercado», pero evolucionaron para ser espacios comerciales estables, y en torno a ellos el resto de los servicios y el ágora.
Por eso hoy proclamo: ¡Viva el motocarro!
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