A raiz de una columna de Millas: "Miserere", El País, 29 de junio de 2012.
Soy un fulano de lágrima fácil. Hace unos días un amigo me
comentaba que él se había convertido en un ecologista de pro: “Sólo leo prensa
por internet”, yo me quede más bien perplejo, pues soy incapaz leer con
suficiente capacidad de comprensión en la pantalla de un ordenador. Cuando era
niño me llevaron al oculista porque “se me juntan las letras”, “Este niño no
tiene nada en la vista, es que no sabe leer”, aquel ‘no sabe leer’ se llamaba
dislexia.
Ahora, pienso en mi amigo y se me juntan las diferencias
entre ambos: yo necesito leer la prensa en papel, empezar cada mañana en el
café de la esquina el diario por detrás. Mi amigo trabaja cara al público, rodeado por formularios, textos cerrados. Yo aparento que laboro solo en una
habitación, frente a la pantalla del ordenador, rodeado la soledad coral de mis
libros en papel, palabras sin rostros, sin bocas, sin traseros atractivos.
Ahora entiendo que mi chascarrillo malafolla con los kiosqueros cada mañana, el último por un nuevo desnudo de una señora muy célebre por nada notable. y muy poco atractiva en Interviu. Y el “Lo de siempre” en la cafetería de la esquina que responde a mis “Buenos días”, son mis cotidianas formas de saber que sigo vivo en un universo social cada día más degradado y desdentado.
Por eso, cuando se muere un perro en el barrio, se cierra un kiosco o se jubila una panadera, a uno se le cae una lágrima, perdemos parte de nuestro entorno social y la brújula pierde su imantación, y la jaula de goma reviste sus paredes de duro cemento.
http://elpais.com/elpais/2012/06/28/opinion/1340901112_599660.html
Ahora entiendo que mi chascarrillo malafolla con los kiosqueros cada mañana, el último por un nuevo desnudo de una señora muy célebre por nada notable. y muy poco atractiva en Interviu. Y el “Lo de siempre” en la cafetería de la esquina que responde a mis “Buenos días”, son mis cotidianas formas de saber que sigo vivo en un universo social cada día más degradado y desdentado.
Por eso, cuando se muere un perro en el barrio, se cierra un kiosco o se jubila una panadera, a uno se le cae una lágrima, perdemos parte de nuestro entorno social y la brújula pierde su imantación, y la jaula de goma reviste sus paredes de duro cemento.
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